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8 de abril de 2018

XII. Lucifer, el Ángel Caído

El Demonio, Satán, Lucifer: el personaje ha recibido muchos nombres, y supone un eje principal del imaginario colectivo de gran parte del Mundo. El Ángel Caído es un mito recurrente: pero separado del mito, despojado de los siglos y siglos de tradiciones a sus espaldas: ¿quién es en realidad? ¿Qué llevó al capitán de las huestes celestiales a cometer traición contra su Creador? Una vez expulsado del Cielo, ¿cómo ejecuta su malogrado plan de rebelión, transformado en venganza? Este relato busca retratar al personaje, fuera de la mitología, en la realidad de su ser.

G.Doré, ilustración para el "Paraíso Perdido", de J. Milton.

Al ser el primer ángel creado, Lucifer reunió las mejores cualidades: era el más perfecto y poderoso, y el más querido por Dios. Gracias a sus habilidades superiores se convirtió en un colaborador fundamental en la realización de la gran tarea de la Creación. Conforme más se involucraba en su labor, más se convencía de su gran poder y de la superioridad de sus capacidades. Su orgullo y su soberbia crecieron hasta el punto en que llegó a creer que él mismo sería capaz de dirigir los trabajos mejor que el propio Dios. Pero al no encontrar ninguna forma de imponerse al orden que Dios había creado, en el que cada cual tenía su lugar, la rabia y la ambición acabaron dominándole por completo.
La creación de la Humanidad fue la gota que colmó el vaso. No podía soportar que, gracias al libre albedrío con el que Dios les había creado, los Humanos pudieran actuar como quisieran, mientras que a los ángeles como él se les privaba del derecho a la libertad. ¿Cómo iban a tener aquellos gusanos más privilegios que él? Lucifer alzó el grito en el Cielo. La tremenda injusticia que Dios había cometido merecía una contestación. Pero no podía enfrentarse solo. Convenció a todos aquellos que pensaban como él para que se unieran a su causa, prometiéndoles una vida mejor, y preparó un ejército.
Cuando Dios se dio cuenta de lo que tramaba, las fuerzas leales atacaron y arrasaron a los rebeldes. A Lucifer no le importaba nada lo que pudiera pasarles a todos aquellos que le apoyaban. Mientras el ejército traidor era masacrado, Lucifer se separó de la lucha y buscó a Dios para enfrentarse cara a cara con él, convencido de que podría derrotarlo. Pero se equivocaba. Después de un breve lance, Lucifer fue vencido y arrojado del Cielo junto con el resto de los ángeles que le habían apoyado. Jamás podrían volver allí.
La expulsión del Cielo significó para Lucifer más de lo que él mismo está dispuesto a admitir. Al dejar de ser un ángel, consiguió el don del libre albedrío que tanto perseguía, pero eso conllevó la pérdida de otras cosas. Estar separado de Dios implicaba abandonar la belleza, la sabiduría y la perfección que le rodeaban, y sumirse en un mundo de soledad, de oscuridad e incertidumbre. Eso no era lo que él había deseado.

Incapaz de reconocer sus errores, Lucifer culpó a Dios como único responsable de todo aquello, y se llenó del odio y del rencor más profundos. Esos sentimientos se convirtieron en el motor de toda su existencia; alentado por ellos, decidió crear un nuevo orden en la Tierra. Un orden que se amoldara a sus deseos, a sus sentimientos. Comenzó a despreciar las virtudes con las que Dios había dotado al Ser Humano y a los ángeles: las consideraba débiles, y atribuía la causa de su derrota en el Cielo a esa debilidad. Lucifer comenzó a buscar un modelo de fuerza en aquellas perversiones y bajos instintos que Dios había considerado negativos para su obra, deshaciéndose de todo aquello que estuviera relacionado con Él, Lucifer podría crear un nuevo reino en la Tierra en el que la ambición, el odio y la fuerza bruta fueran los modelos a seguir: modelos que se adaptaban perfectamente a sus cualidades.
A partir de entonces dedicó toda su voluntad ultramundana a destruir todo aquello que Dios había creado en esa dimensión, empezando por su creación más preciada: la Humanidad. Ésa era la obra más querida por Dios, creada a su imagen y semejanza, y por tanto lo que él más odiaba. Los Humanos pretendían seguir los preceptos de virtud y bondad que Dios les había inculcado. Dios los creó para que gozaran de su obra y de su amor infinito, pero Lucifer podía enseñarles su camino. El camino fácil del vicio y del pecado, y con ello les conduciría a la condenación eterna. Si Dios amaba a la Humanidad por encima de todas las cosas, él la corrompería y la destruiría, haciéndole ver que, al igual que había fracasado con los ángeles, también había fracasado en la creación de aquel ser débil y maleable.
Lucifer camina oculto entre esas débiles criaturas, como un gigante entre cucarachas, observándoles y paladeando su sufrimiento. Les desprecia, y cada una de sus tragedias es para él una victoria. De entre todos, escoge a aquellos que destacan por su despiadada ambición o por su crueldad para convertirlos en sus marionetas. Lucifer se aproxima a ellos sigilosamente, les seduce y atráe hacia sí con el rostro que sabe que sus víctimas encontrarán más seductor. Utilizando su capacidad de persuasión, trama una compleja red de mentiras para conducir a los incautos hacia su trampa, manipulándolos para que en todo momento se sientan seguros y con la iniciativa.
En el proceso, Lucifer explora el lado oscuro del alma de sus víctimas, buscando los puntos fuertes de sus defectos y sus vicios más ocultos. Con todo ese material, Lucifer le moldea a su gusto. Les enseña a explotar sus egoísmos como forma más directa para cumplir sus deseos, mostrando que no existe ningún castigo a sus excesos, y que el premio es su satisfacción. De este modo, les conduce poco a poco a una espiral de maldad en que cada una de sus acciones sirve para alimentar la siguiente. Cuando ha terminado con ella, su víctima se ha convertido en un monstruo. Uno menos entre aquellos que podrían oponerse al reinado de Lucifer, y uno más entre sus filas. 

13 de noviembre de 2017

VIII. El viaje del Sol

Por cada mito y leyenda que llega hasta nosotros, miles de voces han quedado silenciadas por el paso de los siglos y el devenir de la Historia. El Sol siempre ha sido visto como uno de los dioses más poderosos de cualquier panteón, pero desconocemos la visión que de el tenían muchas civilizaciones. En este corto relato, imagino la forma en que el curso del Sol podía verse entre las culturas de centro Europa, una narración con influencia de las posteriores culturas célticas, germánicas y escandinavas.

El dios Helios. Vaso ático de figuras rojas. Via www.theoi.com

Cuando su hermana Luna abandona su viaje alrededor de la bóveda celeste, acompañada de su corte de somnolientas doncellas, el Sol se levanta en su palacio de mármol, preparado para emprender una nueva cabalgata. Aurora ya ha partido para adelantarlo y alentar a las estrellas más perezosas para que abandonen el camino antes que el Sol inicie su recorrido. 

Después de ser vestido por sus criados con brillantes ropas de amarillo y oro, el Sol se acomoda la fulgurante diadema en la cabeza y se dirige hacia su barca. Su navío de cristal se encuentra amarrado en los muelles de mármol rosa  con un centenar de cisnes de largo cuello uncidos en el pescante de oro bruñido. Alegre con un nuevo día de marcha, Sol monta de un salto en el barco. Con un grito de mando de su señor, las ánades agitan alborozadas sus largas alas y emprenden el vuelo, ascendiendo hacia el oscuro firmamento en busca de Aurora, que montada en su caballo de largas crines rosadas, se divisa frente a ellos en lontananza, ya cercana a la línea del horizonte. 

Acompañando al Sol cabalga una comitiva bulliciosa de jinetes de rubios cabellos y ojos ardientes. Montan briosos corceles y llevan en sus manos lanzas empendonadas con estandartes rojos y amarillos y afiladas espadas fulgurantes. Algunos hacen sonar trompetas y tocan con fuerza cuernos de caza, anunciando la partida del Sol en una nueva carrera por el firmamento. Todos ellos cabalgan feroces y magníficos en pos de su señor, remontando las montañas de Oriente hasta alcanzar la cristalina cúpula del cielo.

Al verle levantar el vuelo en el horizonte, los gallos, heraldos del Sol, se alzan con sus crestas erguidas con soberbia y sus pechos henchidos de orgullo y anuncian con solemnidad la salida de Sol de su palacio, alumbrando los campos bajo su frenética carrera acompañado de toda su corte celestial. Sintiendo el suave toque de Aurora, que se esmera por satisfacer a su señor, al que ama con ternura, las aves se despiertan entre las ramas de los árboles, desperezándose y cantando con miles de voces distintas alabanzas hacia el Sol que despeja las tinieblas de la Noche, a la vez que las flores abren sus coronas para recibir la luz del astro rey.

En los frondosos bosques que cubren la tierra con mil tonos de verde, los grandes astados, los reyes de los bosques, despiertan en sus refugios entre las zarzas junto con el resto de su corte de ciervas y cervatos. Al contemplar los rayos de luz que se filtran entre las copas de los árboles, los ciervos realizan su genuflexión matutina, inclinando sus grandiosas coronas de cuerno en reconocimiento a la majestad del astro solar y flexionando sus patas en una profunda reverencia.

- ¡Contemplad, Señor, como todos los seres de la Creación os reciben con humildad y regocijo!, ¡allá los gallos os anuncian!, ¡allí los pájaros os aclaman!, ¡mirad, señor, como los reyes del bosque se humillan ante vos! – exclaman sus sirvientes a Sol. Y mientras tanto, haciendo sonar con fuerza fanfarrias de trompas y trompetas mientras hondean los flamígeros estandartes, la comitiva avanza por la bóveda celeste hacia los palacios situados más allá del horizonte oceánico, en poniente.