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16 de julio de 2018

La búsqueda del Unicornio (II)

En esta segunda parte del relato, el buscador del Unicornio consigue un extraño acompañante a su aventura en el interior del Bosque Innominado, donde podrá comprobar el alcance real de la magia de ese misterioso animal.

A. Carracci, Virgen y Unicornio.

Con la cortina del Bosque Innominado de fondo, el Bibliotecario encontró en un cruce de caminos a un bruto vestido con piel de animal y una cota de malla que se estrechaba sobre sus grandes músculos. Estaba sentado en una zanja al lado del camino con los pies estúpidamente hundidos en el agua fangosa del fondo. Era el escolta perfecto. El Bibliotecario se aproximó a él y le ofreció trabajo. Aquel bárbaro se irguió lentamente. Su figura alta y de hombros cargados reflejaba una piel ajada y endurecida por el paso del tiempo, áspera y cuarteada como la corteza de un árbol. El mago frunció el ceño ante aquel guerrero imponente, que salió del lodo de la zanja y dio unos pasos hasta ponerse tras él, cruzando los brazos sobre su poderoso pecho. Aunque no había mediado palabra ni dado muestra de acuerdo, el Bibliotecario concluyó que aquel bruto había aceptado su trabajo.
Echaron a andar hacia la linde del bosque cuando el atardecer brumoso llegaba a su final. Aquel bosque era tan antiguo y amenazador como ningún otro en la elipse plana del Mundo. Su linde surgía abrupta en mitad de la llanura. Los árboles crecían tan juntos y gruesos que asemejaban una muralla de corteza y musgo. Tuvieron que caminar un largo trecho hasta que encontraron un espacio entre aquellos árboles pero, a la luz que arrojaba el  cayado del mago, apenas resultaba una grieta que asemejaba la garganta oscura de una gruta subterránea entre aquellas columnas inmensas, como talladas en roca.
Quizás por primera vez en su vida, el Bibliotecario sintió miedo, y decidió que sería mejor entrar en aquel bosque primordial a plena luz del día. Ordenó al bárbaro que recogiera leña para el fuego, pero éste quedó de pie frente a él sin mover un músculo ni pronunciar palabra. El Bibliotecario se preguntó qué pasaría por aquella obtusa mente, y tras maldecirle, no tuvo más remedio que encender un fuego de magia azul, que no daba calor, pero iluminaría su frugal cena. Sentados el uno frente al otro, el Bibliotecario consumió su magro alimento, y el bruto le observó con seriedad sin apartar la mirada. Después el mago se acostó, y sólo después de que hubiera cerrado los ojos, el musculado gigante hizo lo mismo.
El amanecer no trajo mucha más luz ni más calor que la noche. El sol se alzó desde las lejanas montañas del Este pero, a través de la gasa de niebla alta de aquella zona de los ríos, apenas se veía como una bola opaca y mortecina. Contrariado por su propio impulso de temor, el Bibliotecario encabezó la entrada por la estrecha senda del bosque, con su mudo guardaespaldas a pocos pasos tras él.
Caminaron durante toda una jornada sin pronunciar palabra. Tampoco escucharon el canto de ningún pájaro o el rebullir de algún animal del bosque. El silencio era sobrecogedor, casi podía palparse. Entre aquella semioscuridad y silencio, la visión de las hileras de troncos apretados se confundía con los bordes recortados de formaciones de roca basáltica. Aquellas galerías se extendían interminables y monótonas, y casi se podía experimentar la sensación de permanecer en el mismo sitio. Las horas se alargaron en aquella caminata hasta que un aumento de la oscuridad del entorno indicó que habían cumplido una jornada entera de camino. La segunda noche volvió a haber fuego azul, pero el Bibliotecario no probó vocado: su estómago estaba cerrado con un nudo desde el momento en que puso un pie en aquella galería infinita y extraña. El bárbaro, por su parte, no había comido ni bebido nada desde su encuentro, pero no dio ninguna muestra de hambre o fatiga. 
Aquella soledad pronto comenzó a hacer mella en el Bibliotecario. El desasosiego provocado por una indeterminada sensación de peligro le envolvía con la misma aspereza que los muros de madera y musgo de aquella gruta boscosa. Poco a poco comenzó a escuchar un murmullo sordo que antes había tomado por el silencio. Este sonido informe parecía emerger de las propias paredes, del suelo, de las lejanas bóvedas nervadas de ramas en lo alto e incluso de su bárbaro acompañante. Cuando prestaba atención o dirigía la mirada hacia su lugar de procedencia, el extraño sonido paraba. El Bibliotecario temió estar perdiendo el juicio. Pronto comenzó a notar un ligero escozor en los ojos y un hormigueo en la punta de los dedos. Era la fuerza del éter que, al condensarse entre aquellos troncos, rezumaba como una neblina azulada que se removía entre los pies al caminar. Su densidad era tal que el mago podía sentirla como una fuerza agotadora contra la que luchar a cada paso que daba.
En aquella semipenumbra continua el Bibliotecario no sólo perdió la noción del tiempo, sino también de la realidad. Para alejar sus fantasmas entabló conversación con su bárbaro acompañante, si bien ya había supuesto que no podía esperar ninguna respuesta de aquel bruto. Comenzó hablando de simplezas y tonterías, y al principio se sobresaltó al oír su propia voz rebotando entre las paredes y bóvedas arbóreas. El bárbaro no respondió a ninguna de sus preguntas asertivas, pero por alguna razón pareció acercarse más a él e inclinar un poco la cabeza, como si estuviera escuchando.
A lo largo de aquella desesperante y monótona caminata, el Bibliotecario fue tomando mayor confianza con su mudo interlocutor. Le habló de su juventud como acólito. Le contó cómo había conseguido deshacerse de los otros aprendices a través de desafortunados errores de laboratorio y accidentes provocados por hechizos mal invocados. En otra nueva jornada de marcha por aquel pasillo monótono e infinito, relató con orgullo cómo consiguió hacerse con la Torre y la biblioteca de su maestro cuando pronunció sobre él un hechizo de olvido mientras éste, descuidado, dormía en su cámara. El atento silencio del gigante, que ahora se detenía a trechos para escuchar mejor sus hazañas, le espoleó aún más, por lo que acabó relatando sus múltiples experimentos en sus largos años de Bibliotecario. Finalmente rompió su última barrera de desconfianza y le confesó sus averiguaciones respecto al fabuloso Unicornio.
- Muchas son las tonterías que he tenido que oír, pero de la boca de aquel ciego imbécil pude entrever la verdad: la fuerza mágica del Unicornio le confiere una especie de instinto profético, y por ello se oculta de todo aquel que pretende dañarlo. Ése es el motivo por el que nunca nadie ha podido matarlo, que se sepa… La leyenda de la doncella púber que puede engañarlo permitiendo que duerma en su regazo es una estupidez; pero toda leyenda guarda un deje de verdad. Ésta en concreto nos dice que, si deseas capturar al Unicornio, no debe conocer cuál es tu intención. ¡Por eso tú me acompañas, amigo cabeza de chorlito! ¡Ambos vamos a conseguir lo que nadie ha conseguido jamás!
La atmósfera de intimidad provocada por la oscuridad imperante y la neblina que se arremolinaba en torno a ellos le impidió darse cuenta de su error. Tras lanzar una carcajada rasposa y aguda, proferida por una garganta que había olvidado como reír, el Bibliotecario cayó repentinamente en un profundo letargo. 
Cuando despertó se sentía dolorido y desorientado, con sus sentidos embotados y una fuerte sensación de latido en las sienes. Apenas podía entrever la estrecha gruta que le rodeaba entre los anillos de niebla. Se levantó despacio mientras en su cabeza resonaban con arrepentimiento sus últimas palabras. No era capaz de discernir cuánto tiempo había yacido tumbado, y no recordaba haberse acostado o haber tenido sueño.
Su guardaespaldas no estaba. El Bibliotecario se levantó con dificultad mientras sus articulaciones crujían como ramitas secas al romperse, y miró hacia delante y hacia atrás. Aquel inmenso botarate había huido, probablemente después de conocer su verdadera misión. Se maldijo una y otra vez, maldijo a aquel bárbaro, maldijo el cielo y la tierra, y maldijo aquella gruta monstruosa de oscuridad y niebla. 
Miró a su alrededor. Aquella galería se extendía infinita en ambas direcciones. El miedo le atenazó el corazón y sintió cómo el peligro se cernía sobre él. La niebla había espesado y le llegaba a la cintura. Era tan densa que parecía casi líquida. Asió su vara con fuerza, y después de dudar sobre la dirección por la que habría huido el bárbaro, se puso en marcha con paso desconfiado, mirando de reojo a su espalda.
De pronto el Bibliotecario trastabilló y cayó rodando hasta un calvero circular, cuya pared irregular, como troncos enhiestos, parecía tallada en roca viva. Un haz de luz iluminaba el centro de la estancia. Bajo él, flotando en su centro, giraba despacio un objeto. La mirada del Bibliotecario quedó atrapada en aquella figura. Parecía una roca, redondeada, algo más pequeña que una cabeza. Su forma comenzó a definirse aún más: resultaba un corazón, blanco como nácar, atravesado por un eje… Un eje que no era otra cosa que el cuerno en espiral de un Unicornio. ¡El corazón y el cuerno de un Unicornio! La Piedra Filosofal de la alquimia, la verdadera Quintaesencia de la Magia.
Hiptonizado por la visión, el Bibliotecario avanzó hacia la luz con los ojos muy abiertos y las manos temblorosas de emoción. Pero el corazón se desvaneció frente a él, y de más allá de la luz emergieron una serie de figuras. Una de ellas le resultó familiar. Era el bárbaro, pero su forma había cambiado sutilmente. Ahora era aún más alto. Sus ojos despedían un fulgor verdoso, al igual que sus compañeros, y sus pieles rugosas brillaban con el frescor del musgo cubierto de rocío. Eran seres arbóreos, elementales de la Naturaleza.
El Bibliotecario retrocedió aterrado y escuchó las palabras del gigante en su mente:
“Has podido vislumbrar aquello que tanto anhelabas, pero eso que tanto deseas está fuera de tu alcance. Ninguna fuerza humana puede dominarlo. Su luz y su pureza permanecerán siempre lejos de la mezquindad, del mal y de la oscuridad. Tú nunca podrás tenerlo, y jamás saldrás de aquí.”
- ¿Me mataréis? – preguntó el Bibliotecario, mientras un frio gélido penetraba en sus huesos y temblaba con todo sus ser.
- No. La magia blanca y pura domina este lugar. Al contrario de lo que tú estabas dispuesto a hacer, nosotros no derramaremos sangre en este suelo sagrado.
El Bibliotecario gritó y se abalanzó hacia la salida, pero tan sólo encontró roca dura y afilada. La columna de luz había desaparecido, y con ella los seres. Apenas quedaban la oscuridad y la niebla, que poco a poco se fue desvaneciendo. Ya a solas, el Bibliotecario comprobó con horror que estaba atrapado en aquella caverna y supo con claridad cuál era su sino. El tiempo no era nada en aquel bosque encantado: permanecería, hasta enloquecer por la soledad y el terror, encerrado para siempre en aquella cárcel de piedra.

14 de julio de 2018

La búsqueda del Unicornio (I)

El Unicornio es uno de los animales mitológicos medievales por antonomasia. Abarcan la heráldica y la imaginería medieval a lo largo y ancho de toda Europa. Estos seres eran tenidos por animales esquivos pero muy agresivos, cuyos cuernos estaban imbuidos de un gran poder. En esta primera parte del relato podemos ver cómo un ávido buscador trata de dar con esta esotérica criatura.


Tapiz medieval, serie titulada "La Dama y el Unicornio".
Hacía más de un siglo que no se escuchaban noticias de la aparición de un Unicornio. Estos animales no dejaban de ser un mito para la mayoría. Las abuelas hablaban de ellos en cuentos a la luz de la hoguera para asustar a los niños crédulos; los campesinos rumoreaban sobre ellos en los días de tormenta cuando, malograda la jornada, pasaban las horas en charla ociosa, entre viejas historias y rumores. Pero en esta ocasión las noticias parecían ser ciertas, y los astros y el color de los vientos de magia parecían corroborarlo.
El mago Bibliotecario había leído sobre ellos en los ajados volúmenes de la biblioteca que custodiaba. Los Unicornios, como otras criaturas ferales, eran producto de la condensación de la energía mágica desprendida de la Luna y el Sol. Los grabados los representaban como unas bestias fabulosas, con el lomo y las patas de un carnero y la testuz de un caballo. Su tamaño variaba según la fuerza de la energía, al igual que su cuerno, que crecía torcido en espiral y su longitud era pareja a su poder. El cuerno, junto al corazón, eran los elementos más valiosos del Unicornio y podían ser utilizados en inúmeras pociones y hechizos, siendo objetos valiosos a la hora de elaborar la piedra filosofal, que convierte el plomo en oro.
El Bibliotecario abandonó su reclusión en la Torre donde estudiaba y guardaba su preciada colección de libros, herencia de su maestro y de incontables sabios anteriores, y se puso en camino con el fin de seguir el rastro que había encontrado. Cerró las puertas con sortilegios de engaño y confusión y rodeó el lugar con un encantamiento de singular poder para evitar que fuera descubierto. La lectura de los astros y de las cartas de tarot le habían indicado que la pista debía buscarse en el rincón occidental del Mundo. Para escapar de los molestos viajeros y caminantes decidió avanzar en paralelo a los caminos o directamente campo a través, ayudado por hechizos de guía para no perder el rumbo. En las posadas y casas de huéspedes en las que se detuvo a pernoctar, inquirió vagamente por extraños portentos a cazadores y tramperos y otros buscavidas. En esa región sólo pudo escuchar tonterías sobre seres del bosque y plantas de mandrágora que corren y chillan. Tras descubrir que sus pesquisas no resultaban de ninguna utilidad, un hechizo de olvido apenas murmurado evitaba que aquella gente recordara haber hablado con él. 
En las Medianías, junto a una extraña torre sin ventanas, encontró la primera pista consistente. Se entrevistó con un sabio casi ciego que le dijo tener información precisa sobre el Unicornio. Según él, todos aquellos que quieren hacer daño a esta criatura la buscan en vano, ya que su pureza mágica rechaza la maldad y nubla los sentidos de aquellos que quieren atraparla. Tan sólo una doncella pura, sin pecado en su corazón, es capaz de atraerla. El Bibliotecario se río de él, acusándole de ser un necio por creer consejas de viejas, aunque supo que había verdad en sus palabras y las recordó bien. Cuando el sabio le dio la espalda tras despedirse, lo apuñaló: quería eliminar cualquier indicio real y a cualquier competidor en su búsqueda de aquella bestia encantada.
Las pistas guiaron al mago más hacia el Oeste, hacia las tierras de los ríos habitadas por orgullosos y decadentes caballeros, que aún se guiaban por los ridículos principios del honor y el valor de la palabra dada. Esta región rezumaba agua y niebla y en ella la energía Lunar depositaba su reflujo de poder etéreo con más fuerza. Era por tanto un lugar idóneo para que pudiera manifestarse el Unicornio. Acudió a todas las tabernas y hospedajes de pueblos abigarrados tras altas murallas de piedra y gastó hasta la última moneda de su zurrón en invitar a los cazadores que alguna vez habían tratado de capturarlo o lo habían visto, o que decían conocer a alguien que lo había intentado. Todos contaban hechos increíbles, pero el Bibliotecario sospechó, por las palabras del sabio ciego, que podían ser ciertas. 
Decían haber visto cómo las flechas se detenían vibrando en el aire cuando se aproximaban al blanco. Al perseguirlo, sin importar cuanto azuzaran a los perros o clavaran las espuelas en los flancos de sus corceles, la criatura permanecía siempre en la misma dirección; los caminos cambiaban, torciéndose y enredándose a su paso, e incluso las veredas conocidas se convertían en un laberinto confuso del que ni los monteros más avezados saben salir. También comentaban entre susurros que algunos habían enloquecido, e incluso desaparecido sin dejar rastro. Otros llegaron a afirmar que la criatura no era en realidad un Unicornio, si no que oculta su verdadero ser adoptando una apariencia diferente según los ojos que lo ven. 
Tras recabar toda aquella información, el Bibliotecario pudo por fin concebir un plan  maestro. Meditó que sería necesario buscar una escolta que le desembarazara de los posibles peligros de la búsqueda y que recibiera en su lugar lo peor de la aventura en caso de enfrentarse a un riesgo mortal. Ese escolta sería quien llevara a cabo la caza de la bestia. Teorizó que, si el cazador ignoraba su cometido, es posible que la magia defensiva del Unicornio no actuara sobre él hasta que fuera demasiado tarde. Solicitó a varios de los individuos a los que entrevistó que le hicieran de guía y buscó a otros personajes de peor calaña que quisieran acompañarle. Pero incluso los más malcarados rehusaron el trabajo cuando supieron de qué se trataba.
Rezongando por la cobardía de aquellos hombres tan simples y despreciables, tuvo que enfilar, él solo, por entre aquella tierra de vastas llanuras encharcadas y de largos atardeceres de luz mortecina, hacia el Bosque Innominado que se extendía en la línea del horizonte. Aquella boscosidad limitaba las Tierras de los Ríos de las Tierras del Sueño, donde ningún humano había estado jamás, ya que las olas del mar que rompían en sus costas inducían al letargo perpetuo a todo el que pudiera oírlas. Incluso el rumor lejano del oleaje había conferido a toda la región una quietud y un sentimiento de pausa, como si la luz y el tiempo vivieran en una eterna somnolencia. La magia que pendía en el aire hacía de aquel lugar idóneo para la manifestación de la criatura.

* * *

20 de octubre de 2017

V. Los cazadores de mandrágora

La mandrágora es una planta de tipo leñoso, cuya raíz posee unas cualidades medicinales y venenosas a la vez, lo que le han conferido una gran relevancia en el mundo mágico y oculista desde la Antigüedad. Existen numerosas leyendas y mitos relacionados con ella, además de todas las propiedades, reales o mágicas, que se le atribuyen. A través de este relato dramatizado podemos conocer muchas de ellas.
B.A.Vierling, "Mandragora".

Los cazatesoros Hans y Utter pretendían conseguir la extraña y mágica raíz conocida como mandrágora. Sabían que esa planta era especialmente apreciada por sabios y eruditos, y esperaban poder reclamar una buena suma de dinero por ella en el mercado negro. 

Ambos conocían sobre ese vegetal lo poco que cualquiera en el mundillo podía conocer: que era sumamente raro, y que podía venderse al peso con un valor mayor que el oro. Al indagar algo más sobre él, supieron que el motivo de su extraordinario valor era que se le atribuía la capacidad de curar cualquier enfermedad, de favorecer la lívido y de anestesiar a los enfermos, y que los alquimistas y cabalistas lo apreciaban porque resultaba un ingrediente principal para determinados experimentos de elevada dificultad. En sus pesquisas, también habían oído de numerosos informantes, en su mayoría campesinos, que la planta contaba con otros poderes menos académicos pero mucho más curiosos. Habían escuchado cosas como que la mejor mandrágora crecía justo debajo de un ahorcado, alimentada por la carne pútrida y los deshechos de su cadáver, cosa que incluso podía resultar razonable pensar. También les habían dicho que la planta chillaba cuando alguien trataba de arrancarla, causando la locura, e incluso la muerte, de aquel que la sacara de la tierra. Incluso, alguien les llegó a relatar entre susurros que aquellas plantas eran capaces de huir en plena carrera para escapar de sus cosechadores.

Obviamente, ninguno de ellos creía en aquellas fábulas de plantas corredoras y chillonas, pero si habían llegado tan lejos en su oficio era porque nunca daban nada por sentado. Su lema era que más vale prevenir que curar. Por eso, habían tenido la precaución de llevar con ellos a un perro de caza, un podenco de grandes mandíbulas, que llevaban amarrado con una fuerte cadena y un collar de púas de hierro. Pretendían utilizarlo para arrancar la planta, ya que así él sería la víctima de la mortal maldición en caso de que fuera real. También llevaban cuerdas y cuchillos, diferentes utensilios para cavar, y provisiones, que llevaban repartidas en dos macutos de piel de vaca. Cualquiera que les hubiera visto recorriendo los embarrados caminos a la luz de la luna hubiera pensado que se dirigían a una expedición minera a tierras lejanas. Eso, si no se hubieran cuidado de que nadie les observara.

Habían elegido para iniciar su búsqueda un cruce de caminos cercano al bosque de Drakenswald, famoso por ser el lugar donde eran ajusticiados los salteadores y ladrones de caminos. En la vereda de aquel bosque de pinos centenarios se alineaban ominosamente los postes y patíbulos alzados por los verdugos, en los que los cadáveres de los reos pendían mecidos por el viento, siendo pasto de las aves carroñeras y de brujas y nigromantes, que encontraban en sus miembros tumefactos y podridos ingredientes mágicos para sus pócimas y brebajes.  Aquel bosque era sin lugar a dudas un lugar extraño y siniestro, por donde se decía que deambulaban seres misteriosos y que tenían lugar apariciones fantasmales. Por eso no podían encontrarse aldeas en los alrededores, y los propios bandoleros que acababan decorando macabramente los postes en el lindero del bosque solían elegir aquel lugar como guarida segura y alejada de ojos indiscretos y de la persecución implacable de las autoridades. Para evitar cualquier eventualidad al respecto, cada uno de ellos acarreaba además munición y un par de pistolas de pólvora, ya que así podrían afrontar la visita de cualquiera de los habitantes del bosque, ya fueran figurados o reales.

Todas aquellas precauciones les resultaban aún más valiosas ahora, de pie junto al cadáver oscilante de un desgraciado, en medio de la oscuridad relativa de una noche de luna llena. Los andrajos sucios y hechos jirones de aquella carcasa apenas servían para ocultar el vientre abierto a causa de la putrefacción, o por la acción de alguna alimaña hambrienta. De él pendían unas entrañas resecas, que en parte se habían desparramado también sobre el suelo, y de cuya visión ni Hans ni Utter podían apartar la mirada.

La presencia de aquel ahorcado les había llevado a concluir que aquel debería ser un lugar excepcional para encontrar aquella raíz, más aún cuando alrededor del patíbulo parecían distinguirse huellas de otros que ya se habían interesado por aquel lugar, ozando y cavando el suelo con pequeños hoyos irregulares, aunque por las marcas más bien parecía obra de algún animal. Mientras se decidían a actuar, el perro levantó de pronto las orejas en señal de alerta, y comenzó a husmear sonoramente apuntando su nariz en dirección al bosque, cuya linde se encontraba a escasa distancia. Al mirar hacia allí, pudieron distinguir una sombra fugaz, una forma contrahecha que aparentemente les estaba vigilando, y que se había adentrado en la oscuridad de la espesura al sentirse descubierta.

Al ver aquello, el perro hizo ademán de lanzarse en su persecución. Tras un fuerte tirón, el animal se soltó de la mano de Hans, que agarraba su cadena con fuerza, y salió corriendo hacia el bosque. El cazarrecompensas salió detrás de él, seguido de cerca por Utter, que les gritaba que se detuvieran, si bien el perro acabó por internarse en el bosque con celeridad. Los hombres decidieron entonces lanzarse tras él, siguiéndole en la oscuridad.

Tras unos minutos de incertidumbre, pudieron dar alcance al animal que corría a la zaga de aquella figura a la que ahora, entre los escasos rayos de luna que se filtraban por las copas los árboles, podían percibir con mayor claridad. Parecía alguien pequeño, orondo, tocado con algún extraño atavío que ninguno de los dos podía reconocer. En su loca carrera, pronto vieron que delante de ellos se abría un claro en el bosque. Al entrar allí el perro, con las fauces cubiertas de espuma, se abalanzó sobre la criatura, atrapándola entre sus dientes y sacudiéndola con violencia. 

Aquel ser chilló en un tono agudísimo, insoportable, provocando que ambos hombres cayeran al suelo tapándose los oídos. Su grito finalizó abruptamente cuando el podenco partió por la mitad al pequeño ser, cayendo fulminado a su vez. Hans y Utter se levantaron despacio, con una fuerte sensación de mareo, y se aproximaron cautelosamente hacia la escena, amartillando sus pistolas. Al acercarse, pudieron distinguir con claridad a su misteriosa presa: se trataba de un ser abotargado, de piel rugosa y sin pelo. La cabeza, unida al tronco sin cuello, poseía un rostro de rasgos apenas esbozados, como una marioneta a medio completar. Estaba coronado por unos apéndices que habían confundido con un tocado, pero que resultaban ser unas hojas alargadas y de aspecto carnoso. Gracias a ello pudieron identificar a aquel ser rápidamente, con admiración y estupor.

Eran hojas de mandrágora.

13 de octubre de 2017

IV. El Príncipe Donoso (II)

En esta segunda parte del relato de El Príncipe Donoso, vemos que, tras insistir su padre, Donoso finalmente llega a un castillo con el objetivo de encontrar una joven con la que casarse. Esta doncella es Irina, la hija única de un caballero que resulta ser la compañera ideal para el príncipe.


Al igual que había hecho en todos los lugares en los que había estado, Donoso abandonó rápidamente la compañía de los otros jóvenes una vez comprobó que los superaba en destreza, fuerza e inteligencia. Por otro lado, las mujeres del castillo eran escasas, y en el caso de las jóvenes, por ser criadas e hijas de labradores, carecían de interés para Donoso. La joven Irina, sin embargo, por su carácter indómito pero también por su belleza, estuvo por primera vez a la altura de las exigencias del príncipe. Cuando salían a caballo, Irina era la única que podía seguir el ritmo, ya fuera a través del bosque, vadeando ríos o a pleno galope en campo abierto. En los juegos atléticos, lejos de mantenerse alejada como espectadora, peleaba con los otros mancebos del castillo, asiéndolos por la cintura y derribándolos entre grandes muestras de entusiasmo. Y cuando llegaban las noches, abandonando su atavío de campo por ricos trajes, trenzado y perfumando su largo cabello, sabía entonar las más dulces canciones y bailaba con gracia, comportándose con mesura y delicadeza en la mesa.

Donoso e Irina pasaron mucho tiempo juntos, habiendo encontrado Donoso su mejor compañero de armas en una doncella. También Irina terminó centrando su atención en la figura de Donoso, en su belleza y sus maneras educadas, en su fuerza y en su actitud altanera, y acabó por enamorarse de él. Escuchando por fin los consejos que le daban su madre y sus doncellas, abandonó los juegos y las competiciones de hombres en los que había participado desde su niñez, y comenzó a actuar con las formas que correspondían más con las de una joven casadera.

Donoso se dio cuenta rápidamente de su cambio de actitud, y comenzó a verla igual que al resto de mujeres que había conocido: carente de cualquier tipo de interés. Pero cuanto más despego mostraba Donoso, más creía Irina que era a causa de sus modales rústicos y varoniles, y cuanto más hacia ella por remediarlos, más desprecio le mostraba Donoso, hasta que al fin el príncipe, aburrido, anunció que iba a partir de nuevo a la corte de su padre.

Desesperada por el evidente rechazo que Donoso le mostraba, Irina le abordó la víspera de su partida, mientras ajustaba los atalajes de su caballo.

- ¿Donoso, por qué te vas? – le preguntó, deteniéndose en el vano de la puerta del establo.

- Me esperan en mi casa. Es hora de que me marche – le respondió con indiferencia el príncipe.

- ¿Te quieres ir ya? Pensé que me estimabas – Donoso le dirigió una amplia sonrisa, carente de todo tipo de sentimiento, pero totalmente cautivadora.

- Y lo hago, pero debo irme. He perdido demasiado tiempo.

- ¿Que has perdido el tiempo? – preguntó Irina desolada. En sus grandes ojos asomaban un par de lágrimas. Ambos guardaron silencio por un momento. Luego Irina se acercó a él, tomándole de las manos.

- No puedes irte, Donoso. No es tiempo perdido. Me has conocido; me ofreciste tu amistad –. Donoso lanzó una sonora carcajada. Para él, la amistad de una mujer era tan valiosa como el afecto de un perro o de un caballo de guerra.

- ¡No digas tonterías! – le contestó, soltándose de sus manos – apenas me conoces. Yo no te ofrecí mi amistad, simplemente pasaba el tiempo contigo. Pero eso ya ha pasado. Nuestra amistad es una tontería, he sido amigo de muchísimas mujeres, y camarada de muchísimos hombres. Todos se esfuerzan por agradarme, pero no se dan cuenta que todos ellos, que se creen únicos y especiales, son solo uno más entre todos los que conozco. Tu amistad no vale nada. Es hora de que regrese a mi casa y que te olvides de mí.

Irina se sintió desgarrada por el despecho. Toda su actitud manida y afectada adoptada por consejo se derrumbó frente a su carácter indómito. Apretó los puños con rabia y le gritó:

- ¿Tonterías? Tu soberbia no conoce límites, Donoso, hijo de Geminardo. Crees que el amor que te ofrecen es algo que te deben, crees que puedes despreciar todo aquello que no es mejor que tú mismo. Enamorado de tu hermosura y de tu tremenda arrogancia, no haces aprecio de aquello que se te entrega de forma afectuosa y desinteresada, pensando en tu egoísmo que aquello que te ofrecen es algo vulgar y despreciable. ¡Así tu belleza, fuente de tu soberbia, se esfume de tu rostro y te conviertas en un ser feo y vil, como fea y vil es tu alma! ¡Así ofrezcas tu amistad y tu anhelo a las gentes, y éstas te lo devuelvan con desprecio!

Aquellas palabras sonaron terribles. En ese preciso momento Donoso sintió una gran angustia, y cayó enfermo al suelo, víctima de ahogos. Irina, despechada, salió del establo y nunca más volvió a verle.

Recogido por los criados, Donoso pasó largo tiempo en la cama. Su rostro radiante se apagó, y su belleza desapareció rápidamente. Un pelo hirsuto y desgreñado le creció por todo el cuerpo. Los ojos se hundieron y su voz se volvió ronca y jadeante, de forma que su desagradable aspecto comenzó a repeler a quienes lo cuidaban. Cuando finalmente se levantó de la cama, todas las gentes le evitaban o le trataban con precaución y de malas maneras, rehuyendo su compañía. Aún los animales se alejaban de él con el lomo erizado o enseñando los dientes. Donoso se esforzaba por resultar agradable y gracioso, intentando recuperar su antiguo atractivo, pero con ello no provocaba más que antipatía, hasta que finalmente las gentes acabaron por huir de él asustadas debido a su grotesca fealdad y fue expulsado del castillo.

Donoso vagó durante un tiempo por los alrededores, desesperado ante su súbita desgracia, sintiendo por primera vez la angustia de la soledad. En las noches de luna llena, rogaba desesperadamente a la luna que le vio nacer que le devolviese su perdida belleza, hasta que sus ruegos y gritos terminaron por convertirse en aullidos amargos y melancólicos. Enflaqueció, y su cuerpo se fue encorvado, mostrando las costillas sobre una piel tensa y seca como el cuero. Su cabello se hizo más espeso y su rostro se desfiguró con una mueca horrible, que mostraba unos dientes cada vez más puntiagudos.

Al fin, huyendo de su propia fealdad, se internó en el bosque para esconder su desgracia. Alimentándose de alimañas y aullando a la luna, acabó por parecerse más a un lobo que a un ser humano. Recluido en su soledad, intentaba abordar a las personas que veía por la foresta, pero éstas siempre huían aterradas o le recibían con palos o a pedradas. Por fin terminó por esconderse de la propia luz del día, para evitar encontrarse con las personas que le despreciaban, pero deseando a la vez desesperadamente la amistad y el calor humano, tan fuerte como el desdén que había sentido antes por ellos.

Donoso, odiado por los hombres, aún busca de vez en cuando su contacto. Intenta ganárselos a través de algún presente o de una buena acción, limpiando las eras o dejando comida en las puertas, expiando con la fuerza de su intención y de su buena voluntad las malas acciones que había cometido, y todo el dolor que había causado. Las gentes del lugar acabaron por omitir su nombre y terminaron llamándole simplemente “el Lobuno”, guiadas a veces por el temor, otras veces por la lástima. Hasta que pasado el tiempo, terminaron por olvidarse de él, convertido en un animal tímido y voluntarioso, escondido en la oscuridad de la foresta.

11 de octubre de 2017

III. El príncipe Donoso (I)

El hombre lobo es un personaje mitológico que puede encontrarse en muchas culturas desde la más remota antiguedad. En regiones como Galicia, aún hoy, se conservan muchas tradiciones relacionadas con la figura del lobishome u hombre lobo. Este personaje suele ser víctima de alguna maldición o de un destino funesto, que le obliga a transformarse en lobo durante las noches de luna llena. En este relato de dos partes, doy una vuelta a esta leyenda para darle una perspectiva algo diferente.

G.Doré, "Le loup devenu berger".

Del matrimonio entre el rey Geminardo y la dama Diana nacieron tres hijos varones. El mayor de ellos fue llamado Welfa, y se convirtió en un hombre valiente y de carácter intrépido, entregado desde muy joven a las tareas más arriesgadas. El mediano, que apenas se diferenciaba en edad de su hermano, recibió el nombre de Eurico. Era un muchacho bien parecido, esbelto y delgado como una caña, de movimientos ágiles y veloz al correr.

El más pequeño de los tres hermanos nació algún tiempo después, una noche de luna llena de primavera, tras una gestación dura y un parto difícil. Su padre temió por su vida, y aún por la de su madre, pero al nacer el niño, dio signos de buena salud. Limpiado y fajado, ya en brazos de su madre, toda la corte observó la belleza del príncipe, y se llegó a decir que su rostro parecía haber capturado el brillo de la Luna que había alumbrado su nacimiento. Recurriendo a la lengua de sus antepasados, la reina Diana decidió entonces nombrarle Donoso, pues tanto ella como el rey consideraban que su último hijo había resultado al fin un don maravilloso.

Donoso creció rápido, mostrando tempranamente la buena condición física propia de sus hermanos. Pero si bien ellos se dedicaron desde muy pronto a las actividades guerreras con gran entrega y entusiasmo, Donoso mostró poseer mayores cualidades para la risa y la contemplación. Mimado por su madre y consentido por sus ayas y criadas, creció acostumbrado a las atenciones de las mujeres, y tomó una gran afición por el sexo femenino.

Cuando alcanzó la adolescencia, Donoso supo compartir sus notables cualidades para las hazañas amorosas con sus otros hermanos. Acostumbraba a salir muchas noches con su hermano Welfa en aventuras y correrías de toda índole, con la intención de enamorar a una joven y arrancarle un beso o una lágrima desde la altura de un balcón, o participaba con Eurico en competiciones atléticas y exhibiciones cuyo único fin era mostrarse y flirtear con las jóvenes doncellas de la corte. Pronto, Donoso se convirtió en el joven más popular del reino y aún del país, y todas las jóvenes doncellas suspiraban por sus miradas y anhelaban fervientemente convertirse en el blanco de alguna de sus atenciones.

Pero aunque todas las jovencitas lo desearan, para Donoso aquella actividad no era más que una simple diversión, en la que encontraba el mismo placer que sus hermanos podían encontrar cazando o realizando pruebas atléticas. Su propia capacidad y habilidades, que no tenían nada que envidiar a las cualidades de sus hermanos, unido a su éxito con las mujeres y a su natural liderazgo, le convirtieron en un joven pagado de sí mismo, negligente y arrogante, que trataba con condescendencia a los demás muchachos. Esta actitud se vio siempre espoleada por el amor de sus hermanos, que nunca se cansaban de halagarle, y por las caricias desmedidas que le dedicaban su madre y sus ayas.

Cuando alcanzó la edad adulta, Donoso se había convertido en un hombre hermoso y soberbio. Con motivo de la celebración de su dieciséis cumpleaños, el rey Geminardo organizó una gran cacería a la que invitó a sus mejores amigos y aliados. Se preparó un concurso en el que se ofrecían valiosos premios en oro y tierras a los ganadores, aquellos que consiguieran atrapar el mayor número de animales o dieran caza al venado o el jabalí más grande.

Acudieron muchos caballeros y cazadores, animados por los premios ofrecidos por el rey. El día señalado, los cuernos sonaron apenas amaneció y muchos caballeros se lanzaron en cabalgada seguidos de numerosos podencos y peones armados con arcos y lanzas de caza. Geminardo salió acompañado de sus tres hijos, que ejercían de árbitros del concurso junto a su padre. En el lugar de honor cabalgaba Donoso, montando un purasangre negro regalo de cumpleaños de su padre. Mientras observaban la actividad de los cazadores, cabalgando animadamente por el bosque, Geminardo tuvo un momento para intimar con su hijo.

- Donoso, hoy has cumplido dieciséis años y es tiempo de que comiences a pensar en tu futuro. Sabes muy bien que tus hermanos han participado desde que tenían tu edad en los asuntos del reino, y tu hermano Welfa incluso ha dirigido ya mis ejércitos en mi nombre.

- Si, padre – le contestó Donoso – conozco mis obligaciones y agradezco mucho vuestro interés.

- Tal vez deberías comenzar a pensar en casarte. Aún eres joven, pero me parece que es conveniente que encuentres una mujer lo antes posible y que comiences a centrarte en la vida adulta, ya que, aunque cuando yo muera tu hermano heredará la corona, es necesario que entre todos apoyéis a Welfa en su posición, y para ello deberías contar tú a tu vez con una buena heredad y una posición fuerte. Dime, hijo mío, ¿existe alguna mujer que te interese?

- Padre, os mentiría si dijera que me he fijado en alguna mujer en concreto. Lo cierto es que para mí todas las mujeres son muy parecidas: todas funcionan del mismo modo y presentan los mismos pensamientos –. Sus hermanos se sonrieron, divertidos ante las palabras fanfarronas de su hermano. Donoso les devolvió la sonrisa, satisfecho por su aprobación, y continuó hablando: - es bien cierto que las mujeres me parecen algo sencillo y banal, y para mí no muestran más encanto que un buen lebrel o una espada bien forjada, ni más dificultad que una carrera o una competición de monta.

- En ese caso – contestó Geminardo, – no te será difícil encontrar una mujer con la que casarte.

- Padre, no estoy interesado en conseguir una esposa. ¿Por qué iba a quedarme con una, si puedo disponer de todas a mi antojo?

- Vas a quedarte con una porque es mi deseo – cortó Geminardo con enfado. Donoso inclinó la cabeza con respeto ante la decisión del rey. Si su padre le pedía que encontrase una mujer y se casara con ella, centraría toda su atención en cumplir su deseo.

Poco después Donoso redobló sus aventuras, acompañado por sus hermanos. Pero ninguna mujer cumplía con las expectativas del príncipe. Pasaba el tiempo, y cuando sus hermanos le apremiaban, Donoso siempre contestaba que ninguna mujer era tan bella como para lucir a su lado.

Finalmente, sus hermanos acabaron por abandonar esas aventuras, cansados de la pasividad del príncipe y ocupados por sus propios asuntos. Donoso prosiguió la búsqueda solo, abandonando la casa de sus padres y cabalgando por las cortes de los nobles y reyes vasallos. Las doncellas y las hijas de los prohombres de todo el reino se le antojaban igual de insulsas y aburridas que las de la corte. Todas ellas eran hermosas a su manera, pero ninguna contaba con unas cualidades sobresalientes que llamaran su atención. Le dirigían sus sonrisas más brillantes y le lanzaban miradas cargadas de amor y de deseo, pero Donoso no encontraba en ellas nada que le despertara más interés del que se dedica a cualquier afición o deporte.

En el transcurso de sus viajes, el príncipe conoció finalmente a una joven llamada Irina. Era hija de un caballero humilde, cuyo castillo se alzaba sobre un bosque en las colinas montañosas al norte del reino. Irina era hija única, y había recibido desde niña todas las atenciones que su padre hubiera querido ofrecer a un hijo varón. Montaba a caballo y manejaba el arco, era rápida en la carrera y sabía comportarse en todo tipo de fiesta. En el tiempo que Donoso pasó en el aquel castillo, Irina demostró ser más fuerte y capaz que el resto de los muchachos de la corte.

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